Amador Lobato: el escultor que escucha al caballo en el metal
El 20 de julio, el Salón Legisladores de la H. Cámara de Diputados, en la Ciudad de México, fue escenario del Primer Foro Nacional de Cultura y Trascendencia del Caballo en la Actualidad, un encuentro convocado por la Federación Mexicana de Cabalgantes y Actividades Ecuestres para reflexionar sobre la presencia histórica, económica, deportiva, social y artística del caballo en México. Más que una reunión de especialistas, el foro fue una celebración de una relación milenaria: la del ser humano con ese animal que ha acompañado la agricultura, la comunicación, la guerra, el transporte, el deporte, las tradiciones y, por supuesto, el arte.


Entre las voces, disciplinas y expresiones reunidas en torno al mundo ecuestre, una presencia destacó con fuerza propia: la del Maestro Amador Lobato, escultor ecuestre mexicano cuya obra transforma herraduras, alambrón y metal en piezas cargadas de movimiento, carácter y memoria. Su trayectoria no puede entenderse únicamente desde el taller; nace también desde la silla de montar, desde el conocimiento íntimo del caballo y desde una sensibilidad forjada por años de convivencia, observación y respeto hacia el animal que inspira su universo creativo.

En la entrada del Salón Legisladores, dos bustos de caballo realizados con herraduras recibieron a jinetes, cabalgantes, deportistas ecuestres, representantes del sector y visitantes. Con aproximadamente 1.20 metros de altura y cerca de 50 kilogramos cada uno, las piezas no solo enmarcaron el acceso: lo dignificaron. Allí, el metal dejó de ser material utilitario para convertirse en gesto, mirada, crin, fuerza y presencia. Cada herradura, antes asociada al camino recorrido, reapareció como símbolo de permanencia, nobleza y movimiento.


La muestra incluyó también esculturas de menor formato realizadas en alambrón, obras que, pese a su escala más íntima, conservan la misma potencia expresiva. Estas piezas han sido utilizadas como premios en competencias hípicas de alto nivel, incluidos certámenes internacionales y torneos realizados en distintos países. En ellas se advierte una virtud poco común: la capacidad de condensar la energía del caballo en líneas esenciales, sin perder elegancia ni verdad anatómica. Lobato no copia al caballo; lo interpreta desde la experiencia de quien lo ha montado, cuidado, sentido y admirado.


Con cientos de obras distribuidas en diversos países y exposiciones relevantes en México, España y Estados Unidos, el Maestro Amador Lobato se ha consolidado como una figura singular dentro del arte ecuestre contemporáneo.

Su propuesta une oficio, disciplina y emoción: la precisión del herrero, la paciencia del escultor y la mirada del caballista. Cada obra parece guardar una historia de camino, de competencia, de campo y de vínculo humano. En su lenguaje plástico, la herradura no es residuo ni ornamento; es memoria circular, huella de trayecto, testimonio de un animal que ha acompañado la construcción de civilizaciones.


Su grandeza artística se explica, en buena medida, por su vida como caballista. Practicante del endurance, Lobato ha recorrido rutas exigentes de más de 100 kilómetros y ha viajado a distintos países, incluido Medio Oriente, para vivir de cerca una disciplina que demanda resistencia, conocimiento del caballo y profunda conexión entre jinete y ejemplar. Esa experiencia se percibe en sus esculturas: no son piezas frías ni meramente decorativas, sino cuerpos metálicos que parecen respirar, avanzar y sostener una tensión vital. El artista conoce el pulso del caballo porque lo ha acompañado en el terreno, en el esfuerzo y en la distancia.

Entre sus trabajos más imponentes se encuentra un caballo monumental de aproximadamente cuatro metros de alto por 3.40 metros de ancho, una obra que confirma la ambición técnica y estética de su producción. En piezas de esa escala, el desafío no consiste únicamente en levantar una estructura resistente, sino en conservar la proporción, el equilibrio y la sensación de movimiento. Lobato logra que el metal, por naturaleza rígido, adquiera una cualidad orgánica: músculos sugeridos, fuerza contenida, nobleza en la postura y una presencia capaz de imponerse sin perder armonía.

La participación del Maestro Lobato en este foro confirmó que la trascendencia del caballo no pertenece solo al ámbito deportivo o productivo. También vive en la cultura, en la memoria colectiva y en las expresiones artísticas que mantienen vigente su simbolismo. En un país donde las cabalgatas, la charrería, las ferias, los ranchos, los clubes hípicos y las disciplinas ecuestres forman parte de identidades regionales y familiares, su obra funciona como puente entre tradición y contemporaneidad. Sus esculturas recuerdan que el caballo no es únicamente protagonista del pasado: sigue siendo inspiración, industria, patrimonio, deporte, convivencia y arte vivo.


En México, Amador Lobato es ejemplo de pasión llevada al oficio y de oficio elevado a lenguaje artístico. Su obra honra al caballo desde una mirada que no idealiza superficialmente, sino que reconoce su carácter, su energía y su lugar en la historia humana. En cada herradura soldada, en cada línea de alambrón y en cada volumen de metal, el Maestro deja una afirmación poderosa: el caballo sigue cabalgando en nuestra cultura, y mientras existan artistas capaces de interpretarlo con respeto y grandeza, su presencia continuará trascendiendo generaciones.
Redacción Carlos Lanzagorta
Fotografía Eduardo Vázquez, colección personal maestro Lobato
Para conocer más sobre su obra: www.instagram.com/joseamadorlobato/
![]()










